#MiPrimerAcoso

¿Hacemos todas el ejercicio de recordar?


* No importaba si era camino a la escuela, en el mercado, en la calle, en el bus, los acosadores estaban y siguen estando por todos lados.

LA OPINIÓN

Matilde Córdoba
SemMéxico. 8 de febrero de 2017.- ¿Recordás cuándo fue la primera vez que un hombre te acosó en la calle? A Tammy, 27 años, se le dificulta recordarlo. A Jennifer, de 17 años, también. A Mary, de 15, no. Ocurrió cuando tenía seis años, iba con su madre, un tipo le gritó “amorcito, ¡qué ricas estás!”. Ambas caminaron más rápido sin voltear a ver al agresor.
¿Hacemos todas el ejercicio de recordar?
Tammy, 27 años:
Es fácil recordar los más agresivos y asquerosos. El tipo que se sacó el pene y lo sacudió cuando pasó a mi lado en una calle de Managua, era de tarde y pasaban vehículos por el lugar, o el que cuando iba camino al colegio pasó al lado mío y se acercó tanto que casi me besa. ¡Ah! Y aquellos de lo más asquerosos y enfermos, en los que te dicen lo que te harían “en esa boquita, en ese…”. Así es como uno empieza a sentirse “cosa”, avergonzada, humillada en la calle por cualquier pendejo que se siente con el derecho de opinar sobre tu cuerpo, de morbosearte de la manera más descarada, de quererte tocar o de hacerlo. Hago un ejercicio para recordar y me doy cuenta que los primeros acosos a los que estuve expuesta no eran para mí, sino contra mi mamá o mi tía, con quienes yo iba de compras, a la escuela o de paseo. A veces ellas no les decían nada porque en ocasiones era en lugares más o menos peligrosos y asumo que temían que el acosador reaccionara de manera agresiva y que era mejor aligerar el paso. Recuerdo también que las primeras veces que los hombres empezaron a decirme “cosas” yo iba también con ellas. Nunca pasaba cuando iba con mi papá, tío o hermano. Nunca. Tampoco me ha pasado cuando voy con mi novio. Vaya que estos ‘hombres’ respetan a los hombres. Desde la adolescencia mi familia evitaba que yo pasara por lugares donde había concentración masculina para no exponerme a una jauría de perros.
No importaba si era camino a la escuela, en el mercado, en la calle, en el bus, los acosadores estaban y siguen estando por todos lados. No importa que seás la mujer de curvas despampanantes o la chavala que apenas está empezando la pubertad, todo es que seás mujer, vagina entre las piernas, para que ellos se adjudiquen el derecho de opinar, disponer, rozar o tocar nuestros cuerpos.


“Adiós suegra”, “me la cuida”, “que muchachita más bonita”. Muchas veces las oí defenderme y decirles “atrevidos”, “idiotas”, “degenerados”. Los comentarios van subiendo de tono a medida que crecés o cuando más estás en la calle (con calle me refiero a todo espacio abierto o cerrado fuera de tu casa). Ahora yo prefiero usar términos más acordes con sus actos, como “pendejos de mierda”, entre una larga lista de epítetos que salen según la ocasión y la agresión. Al inicio me daba miedo o pena responderles porque algunos incluso lo toman como un desafío y te siguen diciendo cosas, te “vulgarean” por defenderte o sacan lo peor de su repertorio. Pero no hay que tener miedo de confrontarlos, hay que decirles en su cara que nadie les ha pedido su opinión, que eso no es piropo sino un acoso, que son unos degenerados. “Qué vocabulario”, me dicen, “qué vulgar la muchachita”, “qué barbaridad si te estoy diciendo que estás bien bonita mi amor”. NO soy tu amor, idiota, les contesto.
¿Que si he sentido miedo cuando en ocasiones te quieren confrontar o son varios? Sí. Intenten pasar en medio de una jauría de perros a ver cómo les va. ¿Que me voy a quedar callada? NO. Si a mí no me dejan tranquila, yo tampoco tengo porqué dejarlos tranquilos después que me acosan y me quitan mi derecho a caminar libremente.
Otra de las cosas que me ha saltado en la memoria fue la primera vez que me acosaron e iba con mi hija, hace quizá dos años. A un pendejo se le ocurrió decirme que le parecía rica. Íbamos a la farmacia que está en el mercado vecino del barrio donde vivimos. Mi hija me apretó la mano y aligeró el paso. Después le daba temor pasar por ese lugar o por cualquiera donde notara que había un grupo de hombres que desde cierta distancia miraban con morbo y acosaban a toda mujer que pasara. Lo hemos ido superando, ella sabe que eso que ellos hacen es un acoso, que no es bien recibido, que uno no se debe quedar callada, pero es la fecha y si me acosan cuando vamos juntas me aprieta la mano con fuerza.
Es triste pensar que se vuelve tan común, tan cotidiano para una mujer tener que lidiar con el acoso desde niñas que me cuesta trabajo recordar cuándo fue la primera vez que me ocurrió a mí. Lo que me provoca aún mayor tristeza y furia es que estoy segura que nunca voy a olvidar la primera vez que mi hija estuvo expuesta a un acoso, siendo también una niña como yo.
Desde entonces nos quieren avergonzar y hacer creer que nuestros cuerpos son para ellos, que pueden hacerlo, pero ¿saben qué? ¡No nos vamos a dejar más!
Mary, 15 años:
Ocurrió estando pequeña, como a la edad de 6 años, creo. En la calle un hombre dijo: “Amorcito, ¡que rica que están!”. Iba con mi mamá y ella me dijo que caminara más rápido. Cuando me pasa evito decirle a mi padres para no causar un problema mayor. Conforme fui creciendo me fui dando cuenta que la mayoría de los hombres hacen eso tengan familia o no tengan familia, o sea no tienen respeto hacia la mujer. Por culpa de ellos no podemos usar short porque vestidas así tienden más a faltarte el respeto o intentan tocarte tus partes íntimas.
Leyda, 17 años:
La primera vez que tuve una experiencia de acoso callejero fue a los 11 años, cuando mi cuerpo empezó a cambiar. Una vez iba caminando con una primita y un hombre se acercó y casi me tocó la pierna, pero grité. Es incómodo y repugnante salir a las calles y saber que va a pasar más de alguna situación así. A nosotras las mujeres se nos “educa” para vestirnos con modestia y evitar esto, pero ¿por qué no se educa al varón y así evitamos esta situación?
Leina, 29 años:
Yo era una niña flaquita y estaba apenas en primer año de secundaria. Un jodido que vivía cerca de mi casa siempre me tiraba besos. A mi me enojaba hasta que un día le reclamé y me dijo: “flaca chima huevo”. Yo ni entendía que quiso decir, ni sabía lo que era una relación sexual. Llegué llorando donde mi papa porque sabía que me había vulgareado en frente de otros hombres. Mi papa se fue furioso a reclamar y terminó en pleito en los juzgados. Al final la jueza le ordenó no molestarme y a mi me dijo que por favor me fuera a mi casa por otro camino, ¡y esa era mi única ruta! El acoso me pone en modo sicópata y he terminado tan harta que a veces quisiera pegarles.
Jennifer, 17 años:
La primera vez que experimenté acoso callejero fue cuando tenía 11 años, iba a la casa de una amiga, sola, andaba un short y de pronto un grupo de chavalos todos juntos comenzaron a hacer comentarios grotescos. Desde que venía largo se sentía la mirada acosadora y decidí cambiar de acera, pero todos se referían al short. No me parece justo que por estas razones no podamos caminar libremente y vestir lo que a nosotras nos plazca.
Julieth, 16 años:
La primera vez que me acosaron en la calle fue a la edad de 12 años , cuando mi cuerpo empezó a desarrollar, mi mamá había salido a hacer un mandado e iba a ir con ella , se me hizo tarde y la seguí, en ese momento un hombre muy mayor se me acercó e intentó tocarme. En ese instante tomé fuerza para poder gritar y llegó un señor y preguntó qué pasaba. Le contesté que el hombre me estaba molestando.
Al salir muchos hombre me gritan palabras obscenas, intentan tocarme y por eso antes no me sentía bien al salir a la calle. Por esos motivos mis padres siempre me dijeron cómo debía vestirme para evitar que lo varones me faltaran el respeto, también me han dicho que haga caso omiso a los que ellos digan, que siempre lo que le falte a unos que les sobre a otros. La verdad es que es algo muy incómodo.
Karen, 32 años:
Me pasó igual, tenía 14 años pero con un cuerpo de niña. Un tipo se salía de su casa cada vez que pasaba hacia la escuela, vivía en mi calle y era el camino que tomaba todos los días. Yo pasaba lo más rápido posible porque me daba miedo, ni volvía a ver hacia donde él porque sentía que era peor… Una vez, un compañero de clase, también vecino mío, me llevó una carta de “un enamorado” en la que me decía que me amaba, que yo estaba en sus sueños y una serie de cosas que en lugar de halagarme me dieron miedo y le dije al chavalo que me dijera quién era el que había escrito la carta o lo llevaba a dirección. Accedió a decirme y resultó ser mi vecino acosador. Del miedo dejé de pasar frente a esa casa y me desviaba del camino para no verlo, para no oírlo, pero su acoso llegó más lejos y comenzó a pasar todos los días frente a mi casa cuando yo estaba sola y miraba hacia adentro, decía cosas para que lo escuchara. Entonces opté por cerrar la puerta de mi casa, pero me provocó tanto miedo que tuve que contarle a mi hermano mayor porque vi que en ocasiones mi hermano lo saludaba y platicaba con él, así que una vez que pasó viendo a la casa con esa mirada que me provocaba miedo le dije a mi hermano y él se fue detrás del hombre, no sé que le dijo, pero nunca más volvió a molestarme. Eso sí, siempre seguí con miedo, me iba y me venía del colegio con un amigo y si mi amigo tardaba, lo esperaba, no quería andar sola. Ese hombre quizá tenía sus 30 años cuando me acosaba y años después comenzó a acosar a mi sobrina que ya era adolescente y a otras niñas del barrio, fue hasta entonces que una de las mamás le hizo escándalo y el tipo se mudó por un tiempo…
Sylvia, 61 años:
Un día andaba frustrada, iba caminando en la calle y un hombre en un camión me dijo “adiós amor”. Lee contesté ¡adiós pues! Me dio mucha risa y me cambió el humor, nada de vulgaridad o morbo de su parte. Digo esto porque separo el halago educado del acoso sexual callejero que es lo que generalmente viven las mujeres todos los días. Yo debo de haber sufrido la primera agresión sexual como a los 5 años y no se me olvida, sin que me diera cuenta un vecino borracho mencionó algo de mis pechos que me estaban creciendo y me tocó. No dije nada, me quedé asustada por mucho tiempo y dejé de ir a la venta.
Nadie se salva del acoso sexual. Hace unos meses estaba descuidada comprando en León, cuando un indigente borracho hizo que se caía y pasó restregándose por mis pechos. Le grité: abusivo maldito, y no sé cuántas cosas impublicables cosas más. Y como se paró a contestarme, lo agarré a chinelazos, fue la única “arma” que encontré. Se sorprendió y se fue. Sinceramente quería matarlo, me dio mucho asco. Y tuve que hacer mucha meditación para quitarme la fea sensación, quería ir a bañarme. Una vendedora que estaba cerca me dijo: “es la maña que tiene andar tocando a las mujeres”, y ustedes por qué no hacen nada, le pregunté. Solo levantó los hombros. Hace unas semanas una amiga me dijo que le pasó lo mismo en la entrada del súper La Unión y no dijo nada.
Creo que todavía se ve como natural que los hombres les digan grosería y vulgaridades a las mujeres, y todavía se espera que te quedés agradecida. El machista cree que las mujeres son un trasto para dominar o darle gusto, hacer lo que quieran con ellas. Y esa es la razón de comportamientos detestables, como el ocurrido en los microbuses de Jinotepe con parada en la UCA la semana pasada, donde un machista nalgueó a una joven ante la vista de los pasajeros, que apenas atinaron a tomarle fotos y grabar la agresión. Eso es una manifestación de la cosificación que se hace de las mujeres, las niñas y en muchos casos de la población LGTB.
Ese hecho del microbús de Jinotepe fue denunciado en las redes con fotos y otros testimonios y requiere acciones de parte de la sociedad.
Yo creo que ante el acoso sexual lo primero es no paralizarse, que es la reacción más común. Eso para mientras les llega la sensibilización a los machistas. Hay que reaccionar y gritar, y defenderse. Los agresores generalmente se pasman, porque el machista también espera que solo aguantemos. Hace poco en el Facebook un amiga dijo que le tocaron morbosamente mientras cerraba su negocio y agarró a bolsazos al agresor y se le sumaron otras mujeres. Sí se puede. Aprendamos autodefensa y en todo caso a gritar. A mí me gustó una campaña del Colectivo 8 de marzo que decía hace años: de tu violencia voy a defenderme, no estoy sola. Y allí está el reto, que nos unamos los hombres y las mujeres que no queremos que nuestras familiares mujeres sean atropelladas con palabras hirientes que también son una agresión psicológica. Y sólo tiene que ver con la condición de mujer, no con la forma cómo caminas o te vestís.
Leysi, 21 años

Me dirigía a casa de una amiga ubicada en Barrio Altagracia, de Managua. Eran las 12:30 p.m. de un domingo y para llegar a la casa tenía que pasar por la alcaldía debido a que era la forma más rápida. Anteriormente me habían comentado que ese lugar es bastante desolado y que poca gente transitaba los fines de semana, pero ignoré los comentarios por querer llegar rápido, me bajé de la ruta para tomar mi camino y al avanzar una cuadra dos tipos iban salieron de un callejón y al acercarse más los individuos se separaron para que yo pasara en medio de ellos pero al ver esa intención me crucé al otro extremo de la calle, sin embargo ellos realizaron lo mismo y empezaron a decirme palabras obscenas. Me sentía súper nerviosa porque estaba sola y no habían personas en ese lugar, todo fue en un instante, apresuré el pasó y ellos realizaron lo mismo hasta querer tomarme a la fuerza, al ver eso salí corriendo sin voltear atrás y llorando porque no sabía qué hubieran sido capaces de hacer.

“El acoso es un ejercicio del machismo”
Entrevista a Juanita Jiménez, feminista
¿Qué efectos provoca el acosos callejero en las mujeres?
Inseguridad pero además miedo a que te hagan algo. En general el acoso es un ejercicio del machismo, de apropiarse de los espacios públicos y de sentirse los dueños del mundo, pero además de la vida y del cuerpo de las mujeres. Empieza en cualquier momento de la vida de las mujeres y tiene unos efectos mucho más duros en el proceso de adolescencia y juventud, pero en general toda mujer que sale al espacio público está expuesta. El hecho de ser mujer y de salir al espacio público implica que los hombres se sienten en ese derecho y hagan esos ejercicios de poder.
¿De qué forma se fomenta esta práctica desde que los hombres están niños?
El machismo está enraizado y desde el momento que no hay una educación basada sobre el respeto de los derechos humanos de hombres y de mujeres, se va estableciendo ese mandato social que le dice a los niños que son superiores, que deben tomar ese espacio público y ver el cuerpo de las mujeres como objeto de placer. Ves a adultos que ven como juego enseñarle eso los niños.
¿Cree que se ha avanzado en la desnaturalización del acoso sexual callejero al menos desde las mujeres?

Se ha hecho todo un replanteamiento y eso es importante, el visibilizar y asociarlo a la violencia machista es un avance importante, que las propias jóvenes hayan hecho un diagnóstico es también importante. Unas jóvenes de la UCA hicieron uno que indicaba que ocho de cada diez mujeres jóvenes ha estado expuesto a algún tipo de acoso visibiliza el problema.
Antes se vivía como en silencio, las mamas recibían las quejas de las hijas y no se actuaba, no se censuraba, creo que ahora ya hay avances y lo importante es que es a partir de la propia acción de los jóvenes.
Siempre queda la duda de cómo uno debería actuar. En mi caso suelo contestar, estando segura antes si no me expongo a una situación de riesgo, pero la otra vez entrevistaba a una feminista española que me decía que es otra forma de violencia obligar a las mujeres a responder.
La responsabilidad de detenerla, de sancionarla, no es responsabilidad exclusivamente de las mujeres, hay una responsabilidad de la sociedad. Debe ser una practica social el repudiar cualquier tipo de violencia, incluyendo el acoso callejero y también debería a nivel legislativo crearse sanciones. Se deconstruyen estas conductas al criminalizarlas.
¿Hay países en los que ya se sancionan?
Hay todo un esfuerzo mundial de sancionarla como acoso callejero pero todavía hay resistencia a establecer un tipo penal más claro porque la figura del acoso está más en el ámbito laboral, pero en términos del que se da en la calle, que va desde un silbido hasta un tocamiento, debería estar sancionado más claramente. Necesitamos promover el repudio social y que la población sepa que este tipo de conductas son sancionables y repudiables.
Tanto las encuestas de seguridad ciudadana, tanto de M&R, como las del IEEPP, se logra visibilizar que las mujeres se sienten inseguras por el acoso. Después del asalto a mano armada, que representa el 46%, el resto de inseguridades están relacionadas con que las persigan, que las manosean, que les silben.


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