Extraordinarias

De la Patagonia al Puerto del Pata Salada: Susana Buyo, Alebrijera Mexicana

Desde la perspectiva de la artista, los alebrijes van cobrando vida a partir del momento de la creación.


* Cada mítico animal que elogia a la mirada humana, puede llevarle meses de trabajo, uno a uno cuenta una historia particular.

Silvia Michell Acosta

SemMéxico. Mazatlán. 08 de febrero de 2017.- Los mazatlecos nacen donde les da gana, dice un refrán porteño, y hará unos cuatro años que la alebrijera más famosa del mundo de origen argentino, raíces gallegas, desarrollo profesional “chilango”, nacionalizada mexica y ahora mazatleca por convicción, recorre sin prisas las calles del puerto, disfruta con singular gozo el asado de La Copita, un restaurant típico mazatleco del que también era asiduo el maestro José Ángel Espinoza “Ferusquilla”.
Susana Buyo, mujer menuda, de apenas 78 años, con la sonrisa en los ojos, de fácil conexión humana, socializa como si hubiera nacido en un barrio cercano al corazón cultural del centro histórico de Mazatlán, a donde llegó a vivir cobijada por la amistad de Ángeles, una médica iridióloga, acupunturista 20 años menor a quien conoce desde su llegada a México, y a quien visitaba frecuentemente hasta que decidió cerrar el ciclo con el entonces DF, donde vivió desde su huida de la milicia argentina hace 38 años.
No madruga, y por si no fuera suficiente de 4 a 6 de la tarde toma religiosamente una siesta, pero el resto del día, en días regulares, se exilia a una mesa con cubierta acrílica blanca que abarca la anchura del taller alebrijero, donde explotan míticos zoomórficos y a mórficos seres de hermosa manufactura con los que Susana no “futurea”, es decir, desde la perspectiva de la artista van cobrando vida a partir del momento de la creación, cuando el silencio de sus manos y la algarabía de su mirada comulgan con el primer trozo de papel que lame la humedad del pegamento hoja tras hoja hasta surgir, producto también de la sorpresa la forma del ser que Susana pare al momento de concluir la creación.
Puede ser un dragón cara de perro, patas de gato, alas de mosca, nunca se sabe dice Susana, no hay un plan ni un boceto para comenzar, hay ideas que en el camino se transforman, pues, ellos son autónomos, el cartón es el que decide lo que quiere ser, dice modestamente quien vive al encuentro del aquí y del ahora, -y yo le creo- los porteños así vivimos, guiados por el instinto y la belleza marina, donde un atardecer puede girar la brújula de una reunión de la oficina a la mesa de un bar frente a la bahía.
He perdido la cuenta -menciona Susana- de cuántos alebrijes he construido, y mucho menos saber dónde se encuentran contando la historia que llevan en el diseño colocados en alguna repisa, mesa o clavo del lugar que hoy habitan en cualquier parte del mundo.
La técnica que la distingue es la expresión del color que aplica como base, el que sí tiene una regla, debe ser fuerte, brillante incluso que lastime el ojo –dice sonriendo- mientras sostiene un cigarrillo metido en una pipeta y arroja humo.
El siguiente paso de la técnica Buyo, es más color encima del color chillante, éste puede ir en grecas, puntos o montículos que deben secar al sol por varios días, el proceso del recubrimiento es variado, incluso el uso de texturas naturales conseguidas en el campo o al final de una sobremesa.
Cada mítico animal que elogia a la mirada humana, puede llevarle meses de trabajo, uno a uno cuenta una historia particular, durante la gestación, éste puede reposar en algún rincón de la casa el jardín o el patio contiguo techado con la copa de un enorme árbol que alfombra el cascote que lo recubre.
La otra faceta de la Buyo, es ser la “teacher” de un grupo de extranjeras, con las que se entiende en perfecto idioma de señas, es entonces que el pequeño taller, los viernes se convierte en el lugar sin límites, la imaginación danza como hadas en el bosque del polvillo mágico, en el que también se lee con grandes letras rotuladas con pintura verde “No Futurear”, el que tuvo que mandar pintar para que las alumnas que regularmente son mujeres canadienses que vienen a pasar el invierno, se concentraran en el momento de la creación, y no se dedicaran a socializar entre ellas los pasos futuros que harían con la figura en cuestión.
El aquí y el ahora, aparece constantemente en la vida de la alebrijera, quien no teme a la muerte y todos los días tiene lista la maleta, por ello, quizá es auténtica y brabucona, no se calla lo que piensa, no se complica con formulismos sociales, olvida el cumpleaños de su mejor amiga o interpela en la calle a cualquiera que la mire de más, y pues cómo no mirarla, si pese a su andar lerdo, expide fuerza y juventud, montada en mezclilla o cualquier atuendo que diste de anticuado, y encima camina con cigarrillo en mano.
Aunque ella diga no ser especial, su taller es un templo zen, donde radio educación es el segundo habitante de la casa, ha sido el principal maestro desde su exilio en este país, sin duda, una mujer enterada y atravesada como cualquiera que hable y conozca de historia y política, su personaje principal es Pancho Villa, no le pregunté si era anti yanqui.
Los otros habitantes son Mandinga y Meiga, diablo y bruja respectivamente, dos gatos gigantes que forman parte de la escenografía del lugar, ellos ronronean entre los estantes con tubos de óleo, fotos, cuadros, pinceles, cajas, semillas o cáscaras que utiliza como texturas. Ahí mismo, en un cubo de cristal yace san tecno, una pequeña figura de cerámica enmascarada tipo Blue Demón, vestida como San Martín de Porres con una oración a la tecnología… sí, es San Tecno, al santo que se encomienda para no perderse en el mundo tecnológico.
Y es así como una de las máximas expresiones de la artesanía mexicana se reinventa en las manos de una extranjera enamorada del color, la forma y la cultura de este país. Quién en su origen era comunicóloga, egresada de la universidad de Belgrano Argentina, dedicada a periodista a su llegada a México, con la suerte de alternar la profesión a lado de grandes como Pedro Álvarez del Villar, Rosa Rojas, Sara Lovera y Braulio Peralta, quienes le brindaron amistad y apoyo de familia, y en su momento, decidió, gracias a la agilidad de sus manos, las mismas de una buena masturbada, adentrarse al mundo de la cartonería, convirtiendo a los demonios en arte, bellas esculturas de cartón llamadas alebrijes.
Susana Buyo, conoce más de su obra a través de google. 30 años de la historia de la artesanía mexicana en la creación explosiva del alebrije Buyo.


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