Las otras Juana Rivas

Secuestros, raptos, desapariciones... las personas que se crían en estas familias arrastran de por vida las consecuencias de no ser querido


* ¿Cuántas personas desaparecen en España y no son noticia?

LA OPINIÓN

Ana María De Luis Otero
SemMéxico/Periodistas en español, España, 17 agosto 2017.- No deja de asombrarme el poder de la comunicación en las redes sociales. Llegar y besar el santo es todo uno cuando algo se vuelve “viral”.

Si ya el palabro tiene guasa, lo que hace que una cosa lo sea o no tiene más guasa aún. Hace un año de la desaparición de Diana Quer. En una pequeña localidad llamada A Pobra Do Caramiñal, desconocida para la mayor parte de los españoles, una joven que estaba en las fiestas del pueblo se fue sin dejar rastro alguno. Las pesquisas, las huellas y los datos no fueron suficientes a pesar del apoyo de las personas que no dejaron de compartir esa noticia.

Pero, ¿cuántas personas desaparecen en España y no son noticia? ¿cuántas mueren en el intento de comunicar que su familiar ha desaparecido y no tienen respuesta? Tantas, que no tendríamos nombres en el alfabeto. La cifra es demoledora pero sucede. Más de 1300 menores permanecen actualmente desaparecidos. Desaparecen y no hay más. Mientras las fuerzas de seguridad del Estado mantienen activa la búsqueda de más de 4000 personas, hay muchas Dianas que ya no se buscan porque las pistas han desaparecido.

De las últimas 122 000 denuncias registradas en la última década, la mayor parte de ellas, (un 67 %) son menores de edad. Esto sería la cara A del disco, pero la B son los delitos producidos por secuestros de uno o varios familiares por parte de sus progenitores. Niños víctimas del secuestro familiar que son alejados necesariamente de su entorno, de su hogar, de sus amigos, por uno de los dos padres y se ven inmersos en una vida llena de incertidumbre, dolor, aislamiento. El impacto sufrido por el menor secuestrado es traumático, ya que existen sentimientos de traición, pérdida de confianza y, sobre todo, de desamor. No siente que es querido y sí manipulado por alguno de sus progenitores y, en algunos casos, por los dos.

Lo mismo pasa con las Juanas Rivas que debe haber pululando en España. Digo Juanas o Pepas, o su expareja Francisco. ¿Cuántos Franciscos hay en los juzgados demandando a su expareja porque ha secuestrado de forma literal a sus hijos? Los hijos del desamor, del desacato como diría el portavoz Hernando, los hijos de la ira; esos niños criados en el desaliento que genera el odio por el otro y ahora te pago con lo que más quieres; los secuestro y se acabó el dolor.

¿Y cuántos hemos tenido que ver muertos porque el padre o la madre los mata con tal de no entregarlos? Cuando hablamos de casos como el de Juana, éstos no están en casa; normalmente su casa significa huir por odio; amar, amar, no aman, y pagan el precio que sea con tal de herir a la expareja, que hará lo propio cuando le toque. La pregunta siempre está en el aire, porque siempre es la misma: ¿quién piensa en los menores? ¿por qué se odia tanto cuando se ha querido y jamás se valora el inmenso daño que se hace a un hijo?

El menor desaparece de la historia porque no se habla de qué siente, qué le está pasando por la cabeza cuando es secuestrado por su padre o madre, qué está sucediendo en esos meses o años de alienación. La protección al menor es una prioridad para la justicia, pero no siempre se piensa en él cuando ya ha sucedido lo inevitable. Los casos se resuelven como son con las cartas encima de la mesa y, normalmente en muchos casos, siguen estando bajo las armas de la ira de sus progenitores. Secuestros, raptos, desapariciones, amén de otras vidas rotas por el dime y el direte, hace que las personas que se crían en estas familias arrastren de por vida las consecuencias de no ser querido.

La batalla por la custodia entre padres, la intención de evitar el contacto de los menores con el progenitor, la manipulación del niño, la alteración de su rutina: escuela, entorno, deportes, juegos, así como la alimentación y su estabilidad psíquica, normalmente se ven alteradas cuando pasa de ser un hijo a ser un hijo secuestrado. Estos niños, en ocasiones, al llegar la mayoría de edad logran establecer contacto con el progenitor alienado y llegan, tras muchos años de terapia, a normalizar una vida junto a él, pero siempre, siempre, con las secuelas de haber sido maltratado por alguno de ellos.

Hablemos de los casos como el de Juana Rivas. Hay muchos que podrían ser virales y muchos que deberían atenderse como deben porque hablamos de niños, hablamos de odio y ellos no son más que la marioneta del desamor. Total ná.

@anadeluis





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