Rasgo de personalidad: adictiva

Costumbres


* Costumbres

Eva Leticia DE Sánchez

Eva Leticia de Sánchez

SemMéxico, 28 agosto 2016.- En esta época, en que nos enteramos en tiempo real de sucesos tan relevantes como que el perro callejero adoptado por la reina de no sé dónde, se cagó en la acera y ella, ¡oh!, recogió las heces, no sonar ni figurar, no ser citado en por lo menos un centenar de ciber cuentas, aunque sea para ser tildado de pendejo, es estar condenado al fracaso.

Leo con avidez sesudas disertaciones que a través de la red sostienen los acaparadores del conocimiento para ver si algo se me pega, para ver si en algún momento soy capaz de intervenir con un comentario inteligente, pero no sucede. Los viejos me dejan apabullada con su enorme acervo de verdades universales; los jóvenes, con su osadía y arrogancia: saben todo de todo y parecen abrirse paso al grito de voy derecho y no me quito…(si usted detecta un tufo de envidia en mis palabras es porque la hay, no le quepa duda). Entonces me doy cuenta de que yo sólo puedo valerme de suposiciones, creencias y lo que me dice el sentido común para explicarme aquello que del mundo me preocupa o provoca, y eso a nadie le interesa, así que ya se imaginará el tamaño de mi fracaso. Hay momentos en que pesa más; cuando sucede, no me siento pequeña sino minúscula.

Que soy una acomplejada, dirá usted. Sí. Lo sé. Pero saberlo no merma el deseo ávido de destacar en algo. Que anhelo diez minutos de gloria, pensará también. No. Para nada. Los quiero todos, pese a que la psicóloga ha tratado de hacerme ver que en la vida se obtiene un 50/50; que nadie, y nadie es nadie, permanece arriba todo el tiempo. Lo entiendo, me parece razonable, lo que no logro es volverlo parte de mí. Continúo necesitando dejar de ser invisible a causa de mi mediocridad. Lo que no sé es cómo se deja de ser mediocre.

Recapitulo mi vida. Nada digno de rememorar, nada destacable encuentro. Bueno, sí, pero se trata de situaciones tan absurdas que lo más que podrían provocar es risa a los otros, y a mí, vergüenza. No es esa la manera en que deseo destacar, pero es lo único en que, estoy segura, nadie me puede arrebatar el título, mire si no:

Cuando era una adulta joven me regodeaba criticando a los adictos. No entendía por qué, trayéndoles tantas complicaciones, no ejercían un acto de voluntad para dejar su adicción al juego, al alcohol, a las drogas, al sexo, (a los fumadores no los criticaba: soy fumadora) etcétera. Fue a los veintisiete cuando pude experimentar lo que es una adicción, y lo difícil que es combatirla.

Pues bien, sucedió que un día mi hermana mayor llegó a visitarme. Llevaba en la mano una novela rosa, del tipo Bárbara Cartland, que había estado leyendo en el transporte. Cuando se la vi, impertinente, le increpé: ¿Por qué lees esas porquerías, manita? No manches. Me resultaba vergonzoso que mi hermana, la única que tenía un título de profesionista, exhibiera ese nivel cultural. Yo podría no haber terminado ni la prepa, pero era una buena lectora; aparte de libros, leía periódicos para mantenerme al tanto de los sucesos del día. Ella, con desparpajo me contestó: Qué tiene de malo, de dónde sacas que son porquerías, ¿las has leído? Estaré loca -respondí desdeñosa-, teniendo tantas cosas buenas qué leer, ya parece.

Mi hermana se fue la mañana siguiente y, ¡malhaya la hora!, dejó olvidada la novela por mí injuriada. La boté en el librero y ahí permaneció un buen tiempo. Pero, un día, tentada sabrá dios si por él o por el diablo, tomé la maldita publicación, la hojeé, vi que había sido editada en España y abrí los ojos desmesuradamente al leer el número del tiraje. ¡Santa madre! Ni Isabel Allende alcanzaba esas cifras. Comencé a leerla y ahí comenzó la debacle. No pude parar.

Comencé a comprarlas en los puestos de periódico, las había de distintas colecciones. Luego descubrí que el señor de los libros viejos las cambalachaba por una módica cantidad, así que cada semana iba por al menos veinte ejemplares. No supe cuándo entré en esa espiral que me llevaba al fondo. No paraba de leerlas. La dosis mínima era una al día: ciento veintiocho páginas, pero casi siempre terminaba una y adelantaba unas treinta o cincuenta páginas de la otra. Leía de día, de tarde, de noche y de madrugada.

Cuando mi marido al fin notó mi afición por ese tipo de textos, comenzó a cuestionarme. Se volvió molesto. A cada rato me decía: “por qué pierdes el tiempo leyendo eso”, “por qué mejor no lees los libros que has comprado y ni has abierto”, “lee algo que valga la pena”, “¿qué te dejan esas cosas?”, “ya, párale, ¿no?, mejor vamos al cine”.

Es que si antes era yo quien proponía las salidas, ahora había acabado con el repertorio de pretextos para negarme a salir. Tampoco encontraba ya cómo justificar el fenómeno que estaba experimentando. Sentía vergüenza cuando él me criticaba y también rabia. Varias veces le contesté: Qué te sientes, ¿mi papá? O, ah, ¿ahora resulta que me vas a decir qué puedo y qué no puedo hacer? O, ¿tengo que pedirte permiso para leer lo que se me hinche la gana?

Terminé escondiendo las Jazmines, Julias, Barbara Cartland y escondiéndome yo para leerlas. Me encerraba en el baño o esperaba con verdadera ansiedad el ronquido de mi esposo para volver a encender la lámpara. Me sentía en plena libertad por las mañanas, cuando ni mis hijas ni mi esposo estaban en casa. Leía de siete a diez, hora de bañarme para salir rumbo al negocio.

Ojalá mi personalidad adictiva me hubiera llevado a consumir con la misma avidez, la nueva y la vieja narrativa, obras poéticas o mil veces El Quijote. Pero no, me llevó a desgastar la vista con textos que no exigían de mí ni un mínimo esfuerzo, y lo peor, a que cualquier libro al que pretendía entrar, ahora me pareciera lento y tortuoso. Es que las novelas rosas, pese a que son todas malas copias de Jane Eyre y de Sabrina, y a que están escritas con plantilla, atiborradas de estereotipos y son de una cursilería de la más baja ralea, podía tragarlas como pastillas.

¿Qué encontraba en ellas? Creo que lo que cualquier adicto: una manera de escapar, de lograr un estado de alienación. Un bienestar artificial. Una sensación grata, adormecedora, parecida a flotar en aguas tranquilas. Imagino que el trasfondo debe ser una maraña que sólo los especialistas podrían desenrollar. A mí ya no me interesa más que como anécdota: La cimera, la sobresaliente, la única que me permite jactarme de haber hecho lo que pocos: leer al menos una novela rosa los trescientos sesenta y cinco días durante diez años. ¡Aunque usted no lo crea!

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