El propósito de Mireya, paradójicamente, era salvar a sus hijos

ESCARAMUZAS POLÍTICAS


* Silvia Araceli García Lara, quien le quitó a Mireya la patria potestad de los niños y entregó la custodia al padre sin considerar que se trataba de un pederasta.

Gloria Analco

SemMéxico. Cd. de México. 12 de junio de 2017.- ¿Hay que echarle en cara a la sociedad mexicana que Mireya, una mujer de 38 años, matara a sus hijos y luego se suicidara? Desde luego que sí.
Mireya no vivía aislada de los demás. Ella vivía dentro de un conglomerado del cual esperaba recibir la satisfacción de sus necesidades sociales básicas, sólo aquello que una persona puede esperar de la sociedad, compuesta por territorio, población, instituciones, tradiciones y leyes, lo cual debe llevar a la cooperación y el respeto a las normas para una convivencia civilizada.
El ser humano es el fundamento de la existencia de la sociedad, es la unidad irreductible de ella, pero a Mireya no se le reconoció esa condición. Ella no vivía bajo ese paraguas protector, del mismo modo que casi la totalidad de las mujeres, las cuales están sujetas todo el tiempo a un trato discriminatorio.
Producto de ello, Mireya se sintió orillada a tomar la más terrible de todas las decisiones. Ocurrió en un contexto de impotencia ante la impunidad y la falta de responsabilidad de quienes tenían las decisiones públicas en sus manos, empezando por la jueza que determinó el caso.
La falta de perspectiva de género en el juicio, el machismo, y, de algún modo, la ciudadanía con sus prejuicios influyeron en esa decisión. Como en un aquelarre, todos echaron sus pócimas a la hoguera y explosionó la tragedia.
¡Fue el horror en el juzgado capitalino!, y que luego se amplió al hogar de Mireya.
La red de influencias de su ex esposo, Leopoldo Olvera Villa, abogado para colmo, se extendió hasta la jueza Silvia Araceli García Lara, quien le quitó a Mireya la patria potestad de los niños y entregó la custodia al padre sin considerar que se trataba de un pederasta, con lo cual violentó severamente los derechos de los menores.
Mireya imaginaba lo que a sus hijos les depararía vivir con su padre, un pederasta. Su periplo por los medios de comunicación fue inútil, la sociedad se quedó sin respuestas frente a sus reclamos y hubo complicidad para hacerla a ella la responsable de violentar los derechos de los menores.
Frente a su horizonte sólo le quedó presumir el horror de las escenas por las que atravesarían sus hijos y pensó que era mejor que estuvieran muertos. Buscó el modo más apacible para que pasaran de la vida a la muerte. Y luego ella consumó el acto en su propia persona, con sus padres también de por medio.
Lo más espantoso para Mireya fue la sensación que la invadió después de haber golpeado las puertas de la justicia y que éstas permanecieran cerradas, producto de un país como el nuestro, con una muy debilitada institucionalidad jurídica, supeditada a estereotipos de género, y, por lo mismo, no favorable a las mujeres.
Mireya perdió entonces la sensación de ser respetada en sus derechos fundamentales, lo cual se extendía sobre todo a sus hijos que quedarían expuestos a una de las peores experiencias.
¿Cuál fue el accionar de la jueza y en qué contexto emitió su veredicto? Ha sido evidente el mal manejo de la justicia y una repetición hacia las mujeres del trato discriminatorio, en lo cual los prejuicios que afectan los derechos de las mujeres volvieron a imponerse, y lo más sobrecogedor es que fue una jueza –y no un juez- la que decretó la separación de la madre de sus hijos para entregárselos a un pervertido sexual.
Es enorme la tragedia, de unas dimensiones que engendra desgarros en el alma de quienes nos hemos enterado del atroz desenlace. A Mireya le tocó vivir el peor drama de todos ante una alternativa que a ella le resultó acuciante.
Ha quedado claro que en México ninguna mujer está a salvo de atravesar por cosas parecidas, donde hay complicidad de todos los elementos que intervienen en una sociedad para actuar en su contra.
Más desenlaces de esa magnitud pueden volver a ocurrir en cualquier momento, ya que la sociedad actual los procura, los alimenta, los propicia. Es cuando la lucha de las mujeres por sus derechos cobra una enorme relevancia, la hace creíble, legítima y, sobre todo, necesaria.


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