De entrada por salida

El tacto a través del espejo


* *La historia de Rocío Martínez, originaria del estado de Oaxaca.

Lizbeth Álvarez Martínez

SemMéxico. Oaxaca. 17 de abril de 2017.- “En el pueblo solo trabajas en el campo con los rayos del sol. Tener un trabajo en una casa es diferente”, así lo relata Rocío Martínez, originaria del estado de Oaxaca y quien desde hace 19 años vive en la Ciudad de México.
A los 14 años de edad se salió de su casa para ir trabajar al pueblo de Juchitán; duró ocho días en aquella casa porque su papá fue por ella ya que todavía no era mayor de edad. En esa ocasión no le pagaron.
“El primer trabajo es difícil cuando no has salido del pueblo; extrañas todo, ves todo diferente a lo que tú estás acostumbrada”, describe.
A sus 17 años llegó a la ciudad para trabajar, no sabía hacer la limpieza de una casa ajena:
“No entiendo por qué cuando llegas a una casa, dan por hecho que lo sabes hacer. La señora me decía: me vas a limpiar la cocina, los baños, las recámaras... Lo poco que sabía hacer lo había aprendido en casa de mis papás. A mí siempre me gustaba tener limpio, aunque en el pueblo es tierra, no piso”.
En esa ocasión tampoco le pagaron, su papá de nuevo fue por ella. Trabajó una semana y tuvo que volver a Oaxaca.
Regresó a trabajar a un departamento. La dueña le decía cómo hacer las cosas o cómo las quería. Rocío se sintió más segura para hacer la limpieza en esa casa ajena. Pero tuvo que dejar de trabajar por un tiempo cuando se embarazó. Nuevamente regresó a los rayos del sol de su natal Oaxaca.
Rocío ha vivido varias experiencias en diferentes casas, con distintas señoras, como ella les llama a sus empleadoras.
“Antes no era difícil buscar trabajo en una casa. Ahora es complicado porque hay varias personas que roban o agarran las cosas y empiezan a catalogarte igual. Si no vas recomendada, no te dan el trabajo. Las personas ahora son más desconfiadas, antes había letreros de ‘solicito muchacha’ y ya no”.
Una experiencia marcó a Rocío para irse de la Ciudad de México y, esta vez, no precisamente a Oaxaca.
En su último empleo duró 14 años haciendo limpieza en casa de doña María Emma. Llegó por una recomendación y de “entrada por salida”. La señora le pagaba 150 pesos al día, e inclusive la mandó a trabajar a la academia de ballet que tenía: iba dos días a la casa y dos días a la academia. El primer año le regaló un día de trabajo como aguinaldo; o sea, 150 pesos.
Rocío recuerda que un día llegó una muchacha de planta, pero se fue a los seis meses porque a la señora se le empezaron a perder cosas de valor: la corrieron por robo.
Ella había escuchado entre pláticas que la señora siempre se quedaba sin muchacha. Se decía que las trataba mal. Y es que era muy exigente y hasta entrometida porque se metía en asuntos personales con las trabajadoras domésticas.
En otra ocasión, a la señora se le volvieron a perder más objetos. Rocío pensó que le estaban echando la culpa, pero siguió trabajando por la necesidad que tenía, aunque ya buscaba otro trabajo. Ya no estaba a gusto.
Llegó el día que doña Emma la corrió por falta de confianza. Le quiso dar 5 mil pesos de liquidación por 14 años de servicio, lo que Rocío rechazó porque no era lo que le correspondía después de tantos años de trabajo. Entonces le comunicó a la señora que se iba a asesorar con un abogado por despido injustificado. Lo hizo con determinación: “no me tembló la voz para decírselo, ni aparté mis ojos de su mirada”.
Se acercó a un despacho de abogados. Pensó que no era fácil, pues no tenía ningún papel que comprobara sus años de trabajo; sin embargo, su caso salió a flote y ganó la demanda.
A través de su experiencia, aconseja a las trabajadoras domésticas que se atrevan a denunciar, que no le tengan miedo a la patrona, que no piensen que porque tiene dinero va a tener poder.
Rocío es la segunda de seis hermanos, es madre soltera, tiene una hija de 24 años y otra de 17 que recientemente dio a luz. Tiene dos nietos.
De su último trabajo, pocos recuerdos gratos se llevó, como limpiar la bonita biblioteca y las grandes esculturas que adornaban aquella casa.
El último regreso no fue a Oaxaca. Esta vez se fue a vivir a Tepoztlán, a emprender un negocio con su hija menor y su nuevo nieto. Ahora ya no tendrá patrona.


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